Una buena historia

Entonces la vio, una pequeña fruta de color rojo con manchas blancas, su mente buscó alguna coincidencia para lo que veía, es claro que ella comía una especie de fruta exótica. No había nada parecido entre sus recuerdos, pero uno en especial saltó a su mente:

– Nunca desperdicies una oportunidad de probar algo nuevo –

Se lo había dicho su papá hace muchos años atrás mientras él se negaba a comer escamoles, no los comió ese día y para cuando tuvo el valor de hacerlo era demasiado tarde, ahora a sus 16 años no había tenido oportunidad de volver a probarlos, y no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de probar tan extravagante fruta.

Decidió acercarse a preguntar sobre la fruta y, ¿Por qué no?, evitar una clase. Ella  vestía el uniforme de la escuela con su característica falda gris, las comunes calcetas blancas con unos zapatos más bien sucios, una chamarra azul cielo que cubría la blusa blanca propia del uniforme, los cabellos alborotados y estaba recargada a la puerta con una tranquilidad propia de los grandes monjes. Él, al ver tan despreocupada imagen, no pudo más que sonreír, de pronto recordó su misión, el extraño fruto en su mano.

Con la confianza que le caracterizaba le preguntó – ¿Qué comes? – ella con inigualable tranquilidad le respondió – Manzana – el joven quedó contrariado, él conocía las manzanas y eso no era una manzana, entonces bajo la mirada para ver como ella colocaba su uña dentro de la fruta mientras la giraba y sacaba un pequeño circulo.

Ese extraño fruto, era una simple manzana con pequeños hoyuelos hechos por su uña. – ¿Quieres? – dijo ella mientras repetía la operación y extendía su mano para ofrecerle al joven la pequeña circunferencia,  – Gracias – atinó a decir él. Pero era tarde, sus ideas habían dejado de fluir y la razón lo había abandonado. Sin duda estaba enamorado.